Archivo mensual: enero 2012

Las notas y las expectativas

Se percibe en toda la población (y no solo entre el alumnado tradicional) un deslizamiento hacia el conformismo, un alejamiento de la búsqueda de la excelencia, pero a al vez una exigencia mayor de que nos halaguen vía calificaciones. No queremos trabajar tanto.

Peor. En muchos círculos se desconfía, cuando no se critica abiertamente, a las personas que de forma entusiasta se aproximan a un proceso, a un trabajo, a un estudio. Se les llama pelotas, motivados, falsarios. Y lo hacen personas morosas que no desean ser generosos en el esfuerzo, por buenas o malas razones. Pero creen que si ellos no son entusiastas, que otros lo sean les perjudica. Les falta, en eso, seguridad en sí mismos. Pasan más tiempo criticando a otros que justificando -en el buen sentido- su postura.
Y, a la hora de calificar, se cae en extremos infantiles. Hay dos extremos malos en un contexto adulto. El primero es continuar con lo que en inglés se llama “A for effort” (sobresaliente por el esfuerzo) más allá de la más tierna infancia y en todos los campos. ¿Si se intenta, sobresaliente?
No, si se maravilla, con respecto a unas expectativas, sobresaliente. El segundo es no calificar mal a “compañeros” o entidades al mismo nivel. Por dos razones también perversas: la igualdad y elyo no soy quien para juzgar. La igualdad es el no calificaré mal a otro como yo, añadiendo habitualmente que reservamos la crítica solo para a los superiores. El abstenerse de juzgar, incluso cuando se pregunta de forma relevante y oportuna, es cobarde: como mínimo, hay que separar a los que son excelentes de los demás, para ponerlos como ejemplo.
Así que, en modesta aclaración, y basándose en unas notas de 0 a 10, cada calificación para mi quiere decir esto:
Cero (0):
a) No responde a la pregunta, o
b) está en blanco, o
c) tiene errores garrafales que dominan
Uno (1):
a) muestra una ligera idea, o
b) muestra una cierta idea con errores importantes
Dos o tres (2-3):
a) muestra una cierta idea, pero contiene omisiones o errores importantes, o
Cuatro (5):
a) insuficiente, inexacto, con omisiones, claramente incompleto
Cinco (5):
a) aceptable, inexacto, con omisiones, claramente incompleto
Seis (6):
a) correcto
Siete (7):
a) bien desarrollado, reúne los aspectos importantes y algunos aspectos secundarios, pero no está completo, o contiene errores menores
Ocho (8):
a) bien desarrollado, reúne los aspectos importantes y casi todos los aspectos secundarios, pero no está completo, o contiene errores menores
Nueve (9):
a) completo, pero no cerrado, y no admirable, o con algún error menor
Diez (10):
a) admirable, completo, cerrado

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Hay que moverse y resucitar a los griegos: un magnífico artículo de Félix de Azúa

Artículo íntegro, impagable: hay que moverse y resucitar a los griegos
La alarma comenzó a entrar en mi adormecida conciencia aquel año, cuando, de visita por el British Museum, observé que la zona de los griegos donde duermen los mármoles de Elgin, posiblemente la obra de arte suprema de la humanidad, estaba desierta. No era fiesta, ni nevaba, ni había partido del Manchester, no se había muerto nadie de la familia real, era un día vulgar. Y lo que es peor, las salas dedicadas a Egipto estaban llenas a rebosar. Cientos de visitantes huroneaban por entre los Isis y los Osiris y los Ibis como en una feria masónica. De vez en cuando se oían gozosas carcajadas de adolescentes.
Me dije entonces que seguramente aquello era debido a que los egipcios habían ganado el mercado audiovisual gracias a las películas de momias, alguna de las cuales me había parecido excelente, con mucho efecto virtual y desiertos enteros que se transformaban en colosos ululantes o en plagas de escorpiones, indistintamente. También habían ganado el mercado gore porque un cadáver podrido, con jirones de lana colgando entre sus miembros deshechos, siempre produce una impresión mayor que el dios Hermes con sus alitas en los tobillos.
Siguiendo el razonamiento también me dije que con los griegos era sumamente difícil hacer películas de terror y no te digo películas gore. Es de lo más embarazoso imaginar a los dioses o a los héroes griegos tratando de infundir miedo, pero no por las falditas (que es mentira que las usaran) o las trenzas (otro mito), sino porque todo lo que tiene que ver con Grecia pertenece al lado opuesto del terror, a pesar de que Nietzsche hizo esfuerzos ímprobos por facilitarles también esa parte. Grecia admite el misterio, el terror y el horror, sí, pero siempre mirándoles fijo a los ojos, sin hacer aspavientos, sin dar gritos o agarrarse al brazo del vecino de butaca. Una cosa digna.
Este absoluto olvido de Grecia o esta imagen de Grecia cada día más intempestiva, se remata por el lado político gracias a los regímenes actuales que se parecen a los egipcios, como los emiratos árabes, Cuba, algunos pueblecitos vascongados, Corea del Norte, en fin, esos lugares en donde la teocracia se une al uso estúpido de la violencia contra el contribuyente. En cambio, no se me viene ahora a las mientes un solo régimen político actual que se parezca a Grecia. A lo mejor la isla de Bali, pero como solo la tengo de oídas, no la considero digna de un juicio apodíctico.
Así que por el lado del espectáculo, Egipto, y por el lado moral, también. ¿No es un extraño y desolado destino el de Grecia, origen, según se dice, de Occidente? ¿Arranque de la democracia occidental? ¿Milagro del Logos que borró de un chispazo la superstición arcaica? ¿Primer paso en la implacable marcha hacia la libertad de los pueblos soberanos? ¿O es un timo?
Yo no sé si hay en la actualidad mucha gente que se haga estas preguntas, lo cual redunda en el triunfo absoluto de los egipcios, pero si la hubiere, puede pasar un rato excelente leyendo un poema, incluso si en su vida ha tenido la tentación de leer un poema. No es un poema cualquiera, es uno de los más grandes poemas del poeta más grande de todos los tiempos, un alemán poco divulgado en el bachillerato español, de nombre Friedrich Hölderlin, muerto hace casi dos siglos, en 1843. El poema se llama El Archipiélago y ha recibido una nueva y emocionante traducción editada por La Oficina.
Había ya muy buenas traducciones, pero no importa. En realidad a Hölderlin no se le puede traducir y sin embargo las peores traducciones de Hölderlin suelen ser mejores que cualquier poema contemporáneo. Ahora bien, la traducción de Helena Cortés tiene un añadido sumamente agradable: está construida íntegramente en hexámetros, que es el verso del original. Hay quien dice que el hexámetro no da en castellano, pero que no cunda el pánico: tampoco daba en alemán. El artificio de Helena Cortés reproduce el artificio mismo de Hölderlin, quien trató de aproximarse a Grecia con el verso más parecido posible al mármol de Paros.
El poeta alemán vivió en el momento de máxima adoración a Grecia, eran los tiempos de Winckelmann, de Goethe, de Schiller, faltaba poco para las excavaciones de Schliemann. La Grecia mitificada por la Ilustración se había convertido en el ideal de todos los revolucionarios y demócratas europeos. En 1824 había muerto en Missolonghi el pobre Lord Byron cuando trataba de ayudar a los griegos en su lucha de liberación contra los turcos, pero por desdicha había descubierto que las armas que les proporcionaba con dinero de los servicios secretos británicos, los griegos se las vendían de inmediato a los turcos. Había ya entonces un problema en ese país. Así que Byron contrajo una enfermedad antigua y se murió.
Hölderlin conocía como nadie y amaba como ningún poeta ha amado y comprendía como ningún sabio ha comprendido a la antigua Hélade. De manera que sabía perfectamente que la hermosa Grecia nunca había existido, sino que más bien Occidente había construido el mito griego para que su propio destino viniera de algún lugar y fuera hacia alguna parte. Este peliagudo asunto, es decir, que el origen de Occidente es Grecia y que ese origen nos indica a dónde debemos ir, está muy claramente expuesto en el epílogo de Arturo Leyte a la edición que comentamos. En efecto, una vez desaparecido el sueño de Grecia, ¿qué le queda a Occidente? Nosotros ya sabemos lo que nos queda: Egipto, pero cuando Hölderlin comprendió el horror que nos esperaba era un caso único, porque Europa entera estaba enamoradísima del ideal griego. Viene en el libro una fotografía espeluznante: el ejército de ocupación alemán levantando la bandera con la esvástica delante del Partenón. Incluso aquellas bestias necesitaban el amparo de Atenas para justificarse. Sin ese origen, no tenemos destino, solo distracciones y mercancías.
¿Y el poema?, me dirán ustedes. El poema es demasiado hermoso y demasiado grande para que se lo comente este gacetillero. Es un poema para ser leído despacio, en soledad, observando con mucho cuidado cada verso, saboreando la portentosa traducción, y mirando de vez en cuando el horizonte. Comienza el poeta preguntando si ya han regresado las grullas, como en cada primavera, y acaba ofreciendo al lector, por todo consuelo, la memoria del silencio.

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